Publicado por el Abr 30, 2016 en Patrimonio Inmaterial, Portadores de Tradición |

Maureen Lennon Zaninovic
Cultura popular
El Mercurio

Diversos investigadores y cultores del canto a lo poeta analizan la historia, vigencia y desafíos de este género a propósito de un encuentro que organizará, durante todo mayo, la comuna de Providencia, y que busca poner en valor el oficio de estos artistas.

“La décima es una concreción asombrosa de la capacidad creadora de nuestra comunidad. En diez versos octosílabos, consonantes se dice lo sustantivo de este mundo y del otro, en un encuentro admirable de la profundidad y de la sencillez, de la sensibilidad y de la inteligencia”.

Son palabras del reconocido investigador y docente, Fidel Sepúlveda (1936-2006), autor- entre otros títulos- de “El canto a lo poeta: a lo divino y a lo humano” (Ediciones UC/Dibam).

“El libro de Fidel es enorme. Ofrece la más completa aproximación histórica y antropológica del canto a lo poeta. Le dio valor a este oficio, que también se conoce como un arte mayor. En términos musicales, es el equivalente al arte trovadoresco europeo”, comenta a “Artes y Letras” Gastón Soublette, autor de “Sabiduría chilena de tradición oral. Refranes” (Ediciones UC).

Soublette añade que estamos ante una tradición de larga data que tiene su origen en las comunidades campesinas, sobre todo de la zona central: Melipilla, Puente Alto, Pirque y Aculeo, entre otras. “La gracia es que está compuesta en décima espinela: una forma que proviene del Siglo de Oro español y que tiene un pie forzado tremendo para sus cultores. Para muchos escritores, estamos ante la forma estrófica más perfecta del mundo”, dice el investigador.

De hecho -tal como lo consignan diversos estudios literarios- la paternidad de esta forma métrica se le atribuye al poeta español Vicente de Espinel (1550-1624). La décima espinela se difundió por América, como muchas otras tradiciones orales, durante el período colonial, aunque fue en la segunda mitad del siglo XIX cuando adquirió mayor importancia y reconocimiento. Por esos años era común escuchar a los poetas en lugares públicos, ofreciendo sus composiciones, que imprimían en grandes pliegos de papel ilustrados con grabados artesanales. Mostraban allí los fusilamientos, las disputas políticas y las rencillas entre escritores, entre otros episodios. Eran los tiempos en que la lira popular -hojas impresas de versos que circulaban en los sectores más humildes de la población- servía para dar a conocer, de una manera bastante amena, los hechos más relevantes del país.

División bipartita

El canto a lo poeta, a su vez, cuenta con dos vertientes diferenciadas: el canto a lo humano, propio de celebraciones más bien profanas, y el canto a lo divino, ligado a la religiosidad popular. Sobre esta división bipartita, el sitio “Memoria Chilena” de la Biblioteca Nacional publica que el género es inseparable de su contexto. “Este puede ser una celebración religiosa como un velorio de ‘angelito’, la celebración de la Cruz de Mayo de Aculeo o las novenas a alguno de los santos patronos. Pero también existen las justas poéticas en las que los poetas se lanzan desafíos de payas o contrapuntos. Normalmente estos ocurren en un ambiente más bien festivo y tienen un carácter altamente competitivo, exigiendo a los poetas un ingenio y perspicacia poco comunes”.

Los expertos coinciden en que el canto a lo poeta es parte de una tradición que sigue viva en los medios rurales y se renueva constantemente al ritmo de los cambios socioculturales del país, y el aporte de nuevas investigaciones a cargo de prestigiosos musicólogos, lingüistas e historiadores. Sin, duda un pionero en esta materia fue el lingüista Rodolfo Lenz a fines del siglo XIX, quien además reunió la primera colección de pliegos de la lira popular. Tras él comenzaron a publicarse otros valiosos textos sobre este campo de Antonio Acevedo Hernández, Diego Muñoz, Juan Uribe Echevarría, Manuel Dannemann, Samuel Claro Valdés, José Pérez de Arce y el propio Fidel Sepúlveda, además de las investigaciones emprendidas por el Archivo de Literatura Oral y Tradiciones Populares de la Biblioteca Nacional.

También, al momento de poner en valor el canto a lo poeta, resulta fundamental referirse al guitarrón chileno: un singular instrumento de 25 cuerdas, para muchos un patrimonio vivo que tiene su principal epicentro en Pirque, su cuna, y desde donde se han dado a conocer importantes cultores, como los viejos maestros, ya fallecidos, Santos Rubio y Osvaldo “Chosto” Ulloa; además de otros intérpretes de prestigio como Juan Domingo Pérez, Juan Manuel Saavedra y Alfonso Rubio, hermano menor de Santos.

“Estamos ante un arte que renació y se salvó para el futuro, gracias al aporte de Violeta Parra. Ella tuvo el mérito de apreciar el canto a lo poeta y grabarlo en discos. Gracias a la Violeta hoy contamos con una nueva generación de cantores distinta a la de los viejos maestros como Isaías Angulo o Emilio Lobos. Esa vieja tradición murió. Hoy ha sido retomada por otros cantores, quienes se han dedicado a este oficio con criterios distintos”, explica Gastón Soublette.

El musicólogo y docente del Instituto de Música de la UC José Pérez de Arce -quien participará en el encuentro gratuito “Cantores y puetas” que durante el mes de mayo programó la Municipalidad de Providencia (ver nota relacionada)-, en un artículo publicado en este diario, junto al investigador Claudio Mercado, señalaba que tras la partida, en 2011, de Santos Rubio y, en 2010, de Osvaldo “Chosto” Ulloa, la tradición quedó en “manos de su hermano Alfonso, de Juan Pérez Ibarra y de decenas de músicos más jóvenes que, si bien alejaron para siempre el peligro de desaparición de este tesoro cultural, lo retomaron con la impronta de quienes sabemos leer, drástica merma en la memoria cultural ancestral, recorte inevitable del ‘progreso’ que cambia la forma de hacer y de crear”.

Al consultarle sobre la vigencia y popularidad que mantiene el canto a lo poeta, José Pérez de Arce reconoce a “Artes y Letras” que estamos ante un panorama que ofrece varias aristas. “Es muy complicado. Por un lado hemos reconocido un saber valioso, hay nuevas generaciones y muy buenas escuelas como la de Alfonso Rubio; pero también se ha producido que se está llevando esta poesía rural a teatros urbanos, lo que produce una folclorización. Me parece muy bien que se realicen encuentros serios como el de Providencia, y que traen a nuestra ciudad -con cuidado y respeto- a un grupo de artistas notables, pero no estoy de acuerdo con que pongan a un viejito en una escenario cerrado y con un foco encima. ¡Es terrible! Lo mismo que ofrecerle un pago importante a un cantor a lo divino. Todas estas prácticas desvirtúan esta actividad”.

Manuel Sánchez, quien también participará en este encuentro en Providencia y recientemente realizó -junto a Guillermo Villalobos- la traducción al verso popular de “Sueño de una noche de verano” de Shakespeare, considera que las nuevas generaciones que se dedican a este arte no están desenterrando tesoros. “Nosotros crecimos bebiendo de una fuente y desde esa base seguimos creando cosas nuevas. Mi origen es Lo Barnechea. Mi infancia y mi preadolescencia la pasé en el campo, de Chillán a la precordillera. En esas tierras me fui nutriendo naturalmente del lenguaje popular, del pueblo campesino, de su historia, mitología y cuentos. Luego, cuando volví a Santiago, me contacté con los personajes populares, con los recuerdos de infancia, con el guitarrón, y allí empecé a formarme como un poeta”.

 

Fuente: El Mercurio