Publicado el Oct 26, 2016 en Patrimonio Inmaterial

Bajo el centenario aparato musical de madera, salen melodías que no se silencian al tiempo. Como un flautista de Hamelín, su arte capta la atención en niños y grandes. Tres generaciones y un instrumento que aún vibra.

Verano. Sus achinados ojos se cierran en una uniforme línea (otra más) bajo la frente. La gota gorda corre por aquel agrietado rostro que refleja más años del real. Bajo el sol, el yugo de la pega que castiga, y fuerte a esta hora.

Sus manos transpiran al dar vuelta la manivela de una portentosa caja musical que pesa 22 kilos. Con detalles anexos, esa carga se dispara hasta los 30 kilogramos. O más.

Invierno. Las pupilas se le dilatan, mientras trata de focalizar vista sobre el cielo a punto de lanzar una cortina de agua vespertina. En su marcha hay tropiezos. Y una razón: proteger las 26 notas que suben y bajan en delicadas teclas. También a aquellas minuciosas púas de los rodillos de madera, que en el interior del aparato, mueven el fuelle del cilindro. Sólo así logra deslumbrar al audio con ocho distintas y clásicas melodías.

Primavera, y con ella, florece el hombre espectáculo. Ahora, esas dos perlas negras enclavadas en su cara observan, sin perder rastro, a personas de todas las edades.

chinchin

Su atracción hace el imán perfecto para que hoy una Biblioteca Severín de Valparaíso albergue a un entusiasta puñado de curiosos. A simple vista, pocos podrían imaginar que detrás de la melancólica simpleza hecha ruido se esconde un artista que vive de su arte callejero gran parte de los 365 días del año. Una música que evoca nostalgia a la vena por recorridos que abarcan buena parte de Valparaíso, Viña del Mar, Reñaca y Concón. Pero, como los museos, sólo descansa los días lunes.

El todoterreno don Leopoldo Mondaca Acevedo, oriundo de Valpo, es como un clásico vinilo cargado de rayaduras por los años que lleva a cuestas en el oficio del organillero. Pero que sigue tronando fino. “Nacido y criado en esto”, afirma de entrada. En ocasiones, sobre el asfalto, dispone de compañía: los carismáticos chinchineros.

Pero si de fidelidad al sonido se trata, junto a él, lo acompaña en la ruta una aguja verde en forma plumífera que gira al canturreo. También ofrece papeles -hechos por su dueño- de la suerte para transeúntes como ofrenda. Se llama Pepe, y es un loro verde que se alimenta de maravilla y lechuga. Una mascota bien amaestrada a las gracias desde hace ocho meses cuando lo adquirió. Eso sí, lejos de los 35 años que vivió el loro del papá de don Leopoldo.

Melodías animadas

Metido a fondo en una existencia que lo obliga a vivir gran parte de la semana volcado en la calle en busca del pan de cada día, altivo, se las apaña para resistir a las presiones externas de un país que a artistas como él, parece relegarlos al baúl de los recuerdos y la mano amiga. Cada seis meses, debe pagarse su permiso municipal para así labrar -de forma legal- felicidad a otros.

ruta

Y ahora, que lo veo de frente, más parece alejarse don Leopoldo. Sus palabras esconden cierta ira contenida. Tal vez, algo se extrapola de aquel despertar al laburo traspasado a la fuerza de padre a hijo. “Empecé por obligación a los ocho años. Al final, me terminó gustando”, corrobora. Un legado que viene de su abuelo, Juan, también organillero. Porque, de alguna forma, todos deben pagar un precio.

De todas formas, hoy no le fue mal en su presentación en la Biblioteca porteña: desde sonoros “sapitos” giratorios a 500 y fosforescentes remolinos al movido tecnicolor a mil pesos -parte de su gancho comercial-, el hombre que nació en el cerro Barón, en una hora, se hizo la jornada que, en promedio, recauda 15 mil pesos diarios. 10 mil, en días malos.

Cifra lejana de grandes momentos que atesora. Instantes añejados que evoca en su lúcida mente, como cuando narra aquellos días en que el almirante José Toribio Merino lo citaba al segundo piso del ex Long Beach viñamarino. Allí Leopoldo Mondaca debía brindar su espectáculo musical a la familia del brazo derecho del general Pinochet. “Me daba como 100 lucas”. Eso sí, de whisky, nada. “Pero sí, vino. Me daba su buena botella”, acota.

Don Leopoldo tiene 58 años, cinco hijos y una esposa llamada Rosa Landero. A su manera, es un agradecido de este oficio: pudo sacar adelante a sus descendientes que, sin embargo, no siguieron sus pasos al organillo.

No hay planes a largo plazo. Menos de fama. Simplemente sembrar música y cosechar sonrisas a su vasto paso.

Un siglo no es nada

En la actualidad, los organillos son cada vez menos. Ya no se importan desde Rusia o Alemania. Como el instrumento germano de don Leopoldo que aún ilustra en su carcasa letras que certifican data de Berlín. Un organillo que cuenta con… ¡140 años! Hablamos de una vida útil de ensueño. Para que se haga una idea, dicho aparato tiene sólo tres años menos, por ejemplo, que la existencia de la Biblioteca Severín, donde estamos departiendo ahora con Leopoldo y su loro.

La gracia es que hablamos de organillos que llegaban al país, y al Puerto específicamente, a fines del siglo XIX. Hoy la mayoría están inservibles o decrépitos en algún húmedo taller. En Chile existen sólo 26 organilleros. De ellos, siete están por las calles del gran Valparaíso. Por fortuna, en cerro Barón, se localiza la familia Castillo, samaritana de la mecánica y que también los fabrican como los Lizana en Santiago. Aun así, en caso de desperfectos, don Leopoldo las hace de experto autodidacta al reparo.

Como todo organillero que se respete, él es dueño de un lorito a la usanza del titiritero guía. La coqueta ave sabe que su misión, aparte de posarse sobre algún hombro amigo, es sacar con su agudo piquillo un papelito de la suerte. “Este, como yo, aprendió rápido su oficio”, emite algo más efusivo Mondaca.

Sin embargo, de una cosa dice estar absolutamente seguro. Aunque le pongan 10 millones de pesos o más -que se lo han ofrecido- por delante, jamás vendería su organillo de 140 años y que perteneció a un tío suyo.

Su padre, llamado igual que Leopoldo, además de tocar el instrumento alemán, también se las arreglaba para elaborar los llamados “sapitos” de greda. Y robar risas, como hoy lo hace su hijo, pero con una diferencia: un monito araña como mascota. De hecho, esa imagen en la primera mitad del siglo XX era postal en circos y teatros, no sólo de Chile, también Argentina y México.

Sabe que su oficio agoniza. No sólo en el mundo, sino que aquí también. De alguna forma, lamenta que sus hijos no sigan su huella al sonido. Don Leopoldo, reconoce: “Es muy sacrificada la pega”. Entonces, ¿qué hará usted con el organillo?: “Pues, morirá conmigo”.

Por: Guillermo Ávila Nieves. La Estrella de Valparaíso

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