Publicado el Ago 16, 2017 en Patrimonio Inmaterial

89 años celebró el pasado mes de julio don Héctor Lizana Gutiérrez, más conocido como “Don Tito”: Tesoro Humano Vivo, organillero fundador de una dinastía de cuatro generaciones de cultores activos, artistas y especialistas en los diversos oficios que componen este universo de expresiones múltiples tan familiar como desconocido. Un arte extraordinario que llegó como entretenimiento desde Europa a fines del siglo XIX, que en Chile se enraizó y se recreó, logrando sobrevivir hasta nuestros días y que sus cultores han solicitado se postule su incorporación a Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Conversamos con don Tito y con su amigo el etnomusicólogo Agustín Ruiz.

Don Héctor Lizana Gutiérrez, fundador de la Corporación Cultural Organilleros de Chile, reconocida en 2013 por el Consejo Nacional de la Cultura como Tesoro Humano Vivo, nació en Santiago el 22 de julio de 1928 en la comuna de San Miguel. Siendo un niño pobre, abandonado por su padre y entregado por su madre al cuidado de unos parientes, se arrimó al organillo buscando un modo de subsistencia. A cambio, encontró en él la pasión por un oficio y un arte que se extiende, se profundiza y se enriquece a través de cuatro generaciones de cultores que preservan, recrean, proyectan en Chile y el extranjero y mantienen viva en nuestras calles esta tradición, resguardando su autenticidad y difundiendo en distintos eventos y encuentros este singular y valioso patrimonio de procedencia europea enraizado en nuestra cultura popular, anclado en nuestra memoria colectiva y en la identidad de nuestros espacios públicos.

Una centenaria tradición popular, que además de componer la banda sonora de nuestra historia republicana, representa una multiplicidad de valores de nuestra cultura popular y da cuenta de la vitalidad de la transferencia intergeneracional, encerrando un importante corpus de conocimientos, talentos y destrezas singulares que van desde la interpretación musical y escénica y su despliegue festivo hasta el extremo rigor y precisión en la construcción de los organillos y la grabación manual de sus melodías. Por ello la Corporación en la cual se agrupan sus cultores ha iniciado las gestiones para postular su incorporación a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de Unesco.

Organillero y chinchinero, don Tito es fundador de una dinastía compuesta también por sus hijos, sus nietos y su bisnieto, quienes manejan todos los oficios involucrados: interpretación del organillo, percusión, baile, juguetería y organería, siendo su hijo mayor, Manuel, el único maestro organero en el país calificado y certificado en Alemania. Se trata de un arte de alta precisión y especialización, que implica no solo un refinado trabajo de construcción, artesanía y ornamentación en maderas nobles sino también la elaboración de fuelles, engranajes, bielas y cilindros en los cuales se graban las melodías, mediante pequeñas incrustaciones de púas y puentes de alambres de bronce, que son leídas por el teclado que emite el sonido. La complejidad y el gran conocimiento que se requieren para elaborar estos cilindros significa uno de los grandes problemas en la preservación del patrimonio, ya que existen muchos organillos “mula”, es decir, cajas que solo contienen un cd en su interior, falsificación que desvirtúa la tradición.

El organillo, un destino

Una vida de privaciones, sacrificios, viajes, aventuras, encuentros, penas, aprendizajes y sobre todo alegrías, componen el relato de don Tito, que asomándose a los 90 años disfruta recordando con lujo de detalles ocho décadas recorriendo calles, barrios, pueblos, ciudades y países con la música y el baile. La pobreza lo empujó con solo 8 años a trabajar con el organillero Lucho Patilla ayudándole en la venta de los juguetes. Completaba el grupo el Bombilla, chinchinero de quien don Tito aprendió los primeros ritmos. Ya a los 10 años toma el bombo y comienza a desempeñarse como chinchinero, recorriendo la calle Eduardo Matte, Ñuble y los alrededores del barrio Franklin al son de la música del organillo del Abuelito Celedonio, uno de los primeros organilleros de Chile que aún estaba en servicio en aquella época en la capital. En 1940 el dúo comienza una gira por el norte del país; las primeras ciudades son Illapel y Ovalle. Permanecen un tiempo en Antofagasta y pronto viajan a Bolivia, Perú y Argentina.

“Nos dijeron ‘por qué no van a probar suerte’. En Calama sacamos pasaporte y nos fuimos a Bolivia. Llegamos a Oruro, a un alojamiento que quedaba al frente de la estación del tren. Se llamaba El Ferrocarril. Ahí llegaban todos los reenganchados, que andaban buscando pega—cuenta don Tito—. No había organillos allá en Bolivia, a la gente le gustaba porque sonaba bonito y ellos no sabían de eso…Después fuimos a Cochabamba y a otros pueblos donde hay harto mineral, ahí puede ganar plata usté. Después fuimos a La Paz, nos convidaron a otros lados. Quedamos muy congratulados con los amigos bolivianos. Después nos fuimos a Perú con un amigo que tocaba guitarra y cantaba valses peruanos y nos invitó a conocer a su familia. Andábamos pa todos lados con amigos…Por el interés de la música, del organillo, sacábamos a la gente nosotros”.

Don Tito por entonces tenía solo 13 años y el viaje se prolongaría hasta sus 17, en 1945, cuando regresa con el Abuelito Celedonio a Chile. “Para mí él era mi padre, mi abuelo, mi amigo, todo. Él andaba más pa’l norte, tenía muchos conocidos allá. Se anclaba en Coquimbo y mandaba a Santiago la plata para su hija. Murió después en una pelea con un yerno”. Ese mismo año, don Tito se asocia temporalmente con El Polo, un organillero de Valparaíso, y con otro organillero capitalino, el Luis Pirulí Contreras.

Solo en 1946 toma personalmente el organillo, arrendando un violinopan, El Currucucha. Otros organillos que arrendó en los años venideros fueron el harmonipan El Adolorido y el trompeta Jerez de la Frontera a doña Raquel Hernández, antigua empresaria propietaria de varios organillos y un conventillo en el paradero 30 ½ de Gran Avenida. En 1956 vuelve a tomar el chinchín cuando su hijo mayor, Manuel, cumple los 7 años de edad y puede accionar la música del organillo. Juntos forman en 1962 el dúo Los Patitas de Oro. Para el año 1969, recién don Tito fue dueño de su primer organillo, el viejo Qué Puntada, regalo de su mentor el Abuelito Celedonio, que la familia completa se dedicó a reparar y poner a punto. Tres años más tarde compra su segundo organillo. En Santiago recorrió los sectores del “matadero” hasta la Alameda y Plaza de Armas.

En 2008, con 80 años cumplidos, Héctor Lizana viaja, junto a su hijo y su nieto, a Alemania al Orgel Fest de Waldkirchi de Freiburg, siendo la sensación de la más importante fiesta mundial del organillo. Actualmente don Tito reside junto a la familia de su hijo Manuel en la población La Bandera. Hasta el verano de 2017 se mantuvo en la calle con su organillo.

 

Herencia europea

“Los primeros organilleros llegaron a Chile en la década de 1880 en los veleros que recorrían las costas sudamericanas trayendo inmigrantes desde Europa. Fueron los puertos de Buenos Aires y Valparaíso los primeros en experimentar su expansión” , explica el etnomusicólogo e investigador del Departamento de Patrimonio Cultural del Consejo Nacional de la Cultura, Agustín Ruiz. El clásico loro acompañante, adiestrado para sacar el papelito de la suerte, que se mantiene vigente hasta la actualidad, data, según cuenta el especialista, del origen de esta tradición en nuestro continente, con la llegada de organilleros genoveses y saboyanos.

De procedencia alemana y francesa, los organillos fueron los grandes amenizadores musicales del espacio urbano, la base de la industria de la entretención, previo a la irrupción de la victrola, la radio y los discos, que en la segunda década del siglo xx comienzan a decretar su decadencia. Se trata de “máquinas de música envasada”, tal como las define Ruiz, que se graba en cilindros de madera y que, a fines del siglo XIX y comienzos del XX, ya introducidos en Chile, contienen los éxitos de moda local e internacional. “Los organillos se mandaban a construir a Alemania, con 8 partituras de melodías que estaban de moda: música para piano, como el vals; música para salones; después el tango o las cuecas que ya sonaban en el disco; los corridos de la radio; el pasodoble español…Así se encargaba un pupurrí de 8 temas populares. Las partituras se compraban en las casas de música como Casa Amarilla y otras que vendían piezas de música popular arregladas para piano.”, explica el investigador.

La actividad en su época de auge fue manejada por empresarios adinerados que invertían recursos en esta industria de la entretención. junto con tener una cantidad de organillos, cada empresario tenía también un conventillo, ya sea en la capital o Valparaíso. El modelo de negocio consistía en proveer al trabajador un organillo, material de venta y una pieza en el conventillo. “Contrataban a sus empleados para que trabajaran los organillos. Estos organilleros eran en algunos casos indigentes, personas que se buscaban la vida en la calle, migrantes del campo sin oficio, gente desamparada. Tenían que trabajar para pagar el arriendo del organillo y el alojamiento, y si se portaban mal les quitaban la pieza y el instrumento, es decir, quedaban cesantes y en la calle”, cuenta el etnomusicólogo. Estos medieros (organilleros) ofrecían servicios musicales en las fiestas populares, burdeles y celebraciones en los arrabales. En los años 20, con la irrupción de la radio y la victrola, el oficio entra en franca decadencia. Sin embargo, los organillos siguieron circulando por nuestras calles, y comenzaron a fabricarse en Chile.

Sobreviviencia criolla

“Hubo maestros que en los años 40, 50 y 60 cambiaron los repertorios, pero aún quedan canciones muy antiguas, de principios del siglo y fines del XIX. Hay una zamacueca de 1890, que está en un organillo- cuenta Ruiz-. Había un maestro que trabajó hasta los años 70, Enrique Venegas. Él reparaba organillos y sabía poner música en los cilindros, usaba repertorio de los años 50 y hasta comienzo de los años 60. Cosas propias del ambiente tanguero de Valparaíso. Este maestro está en un documental de Pedro Chaskel, que se llama Via de Organillo. Pero era muy mezquino y no enseñó a nadie su oficio. Decía que cuando él se muriera nadie más iba a tocar el organillo. Hay un salto desde él a Manuel Lizana, que es el único en Chile que hoy es capaz de fabricar un cilindro y un organillo completo. De chico, Manuel se iba a mirar cómo trabajaba este maestro, pero él lo correteaba. Después Manuel comenzó a mantener los organillos de la familia, pero nunca hizo un trabajo para un tercero. Era leal y respetuoso con el maestro. Cuando el viejo murió, Manuel comenzó a arreglar organillos de otra gente y armó su taller. Un verdadero laboratorio de observación y aprendizaje autodidacta”

En un contexto de extinción del oficio a nivel global, los organilleros chilenos realizaron algunas adaptaciones que les permitieron reinventarse, reorientando su labor a otros públicos y funciones. Unas de estas adaptaciones fue el ingreso del chinchinero, que hacia la década de 1930 ya acompañaba al organillo. Según explica Ruiz, “el chinchinero toma rasgos del saltimbanqui, del hombre orquesta, de la banda turca, por la presencia de tambores y címbalos, una cultura que proviene del medioevo y el renacimiento,y que resuena hasta nuestros días. De hecho, el primer organillero de quien se tiene memoria que trabajaba con bombo en Chile, era un europeo llamado Lázaro Kaplan. Los más antiguos dicen que era ruso. Él trabajaba con chinchín —bombo, platillo y triángulo— a la espalda y acompañaba sin bailar la música del organillo que tocaba su hija. Pero el chinchinero chileno incluyó la danza y con esto hizo de la presencia del organillero un espectáculo callejero que atrajo cada vez más la atención infantil – explica el musicólogo- de modo que junto con el chinchinero apareció también el juguetero. Estos dos complementos asociados hacen que el oficio en nuestro país haya desarrollado una versión única en el mundo.”

El sustantivo chinchín, como se le conoce hoy, deriva de chinchinero, nombre con que Margot Loyola bautiza a estos ejecutantes del bombo con platillos en 1972, durante la primera versión del Festival de San Bernardo.

“Los organilleros chilenos han mantenido vivo el oficio gracias a una gran capacidad de adaptación que les ha permitido interpretar el pulso de los tiempos históricos por los que el oficio ha cruzado. Hoy son figura fulgurante en los festivales de Europa, hasta donde llegan invitados como expresión genuina de un oficio ya desaparecido y del que solo quedan expresiones de revival“, dice Ruiz.