Publicado el Ago 18, 2017 en Patrimonio Inmaterial

De martes a domingo, Leopoldo Mondaca, junto a su organillo berlinés, recorrió durante medio siglo las calles de Valparaíso, Viña, Reñaca y Con Cón, acompañado en ocasiones de los carismáticos chinchineros. Conocido como El Pobre Pollo, nombre del más famoso tema de su cilindro original, su instrumento se hacia reconocer en los cerros, el plan y la costanera. Eso, hasta el recién pasado 16 de agosto, cuando, de modo prematuro, sus manos se despidieron para siempre de la manivela y de las canciones grabadas en su centenario Adolf Holl, herencia de su tío.

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Nuestras esquinas y veredas hoy despiden a quien se entregó a este virtuoso oficio por la satisfacción de alegrar a los demás, buscando en las calles el pan de cada día, y que antes de cumplir los 60 años deja en este mundo a su viuda Rosa Landero y a sus 5 hijos, ninguno de los cuales siguió sus pasos, lo que alguna vez lo llevó a afirmar con tristeza que su organillo moriría con él.

Nacido en 1959 en el cerro Barón y organillero desde niño, don Leopoldo ofrecía también, con ayuda de su loro Pepe —de reciente adquisición— los papeles de la suerte, confeccionados por él mismo, repartiendo así fortuna entre transeúntes de todas las edades y procedencias.

Una pasión heredada de su abuelo, Juan, y luego de su padre, también de nombre Leopoldo, quien además de tocar el instrumento se las arreglaba para elaborar los llamados “sapitos” de greda y llevaba como mascota un monito araña, cuya imagen fue común en la primera mitad del siglo XX en anuncios de circos y teatros tanto en Chile como en Argentina y México.

“Empecé por obligación a los ocho años. Al final, me terminó gustando”, declaró el año pasado al diario porteño La Estrella, asegurando que ninguna oferta lo convencería nunca de vender su antiguo instrumento, con la conciencia de ser sobreviviente de una tradición en extinción. Y es que su vida y su persona forman parte de un valioso legado, que hoy representan sólo 26 organilleros en todo Chile, junto a los cuales fundó la Corporación Cultural Organilleros de Chile, en septiembre de 2001. Cuatro años antes, Mondaca fue beneficiario del primer Fondart otorgado a un proyecto destinado a mejorar las condiciones laborales de los organilleros. Dicho proyecto fue la piedra angular de la organización asociativa de los organilleros en Chile, que por primera vez en la historia del oficio recibieron un beneficio del Estado y, con ello, el reconocimiento del valor de su quehacer como patrimonio cultural.

Los organillos arribaron desde Europa a nuestro país por el puerto de Valparaíso, a fines del siglo XIX. La mayoría de ellos hoy están en desuso, mientras que media docena (eran siete antes de la muerte de don Leopoldo) aún circulan por las calles del gran Valparaíso.

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